"Ser"

1º Premio Certamen Narrativa Corta de Ciencia Ficción, Universidad de Alicante, 2000

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  MAGISTRATURA CIBERNÉTICA. DISTRITO 23.
  ARCHIVO 1906/EXPEDIENTE 1968.
  PRUEBA INCRIMINATORIA.

     Querida Señora Juez:
  Soy un tornillo.
 Supongo que a estas alturas la declaración de mi naturaleza sea innecesaria, pues supondré también que mi cadáver ―permítame la expresión― habrá sido encontrado junto a esta nota.
  No pretendo con ello expiar mis culpas, pues soy consciente de que, por la horrenda magnitud de mis actos, el perdón jamás me será concedido; al menos, el perdón piadoso al que todo ser debería tener derecho.
  Ser. He ahí, en esa simple palabra tan compleja, el germen de la tormenta que arrasó mi entendimiento. ¿Soy o no soy?
 Quizás debiera ponerle en antecedentes de mi vida y permítame de nuevo el uso de una expresión de este tipo aplicada a mi condición, si ello ha de servir para algo.
 Verá usted, todo empezó en una Planta Nuclear de Terra VII, en la sección de Detritus, exactamente en una máquina de novena generación, la Typus XD205050, construida con 23.512 componentes metálicos y un megacerebro artificial de 0.8 Crams. Yo era uno de esos 23.512 componentes, un tornillo, situado en un eje rotatorio continuo y sumergido en aceite industrial a temperatura estable.
 La labor de una Typus de detritus es sencilla: eliminar los componentes radioactivos presentes en el material destinado a su descomposición.
 No recuerdo cuándo empecé a tener recuerdos estables, mas sí una cosa, que resultó germen y condena al tiempo: durante el paso de la rotación 845.932.112 del eje donde estaba instalado, siendo la temperatura del aceite de 145º Fahrenheit y con una estabilidad del condensador de Fluzo rozando el límite, yo empecé a ser yo.
Tomé conciencia de mí mismo.
Mi primer segundo como ser consciente fue caótico, confuso, doloroso... maravilloso. Un torrente de sensaciones se volcó sobre mi pequeña estructura; creí delirar, volverme loco supongo que se hallará sorprendida por las expresiones que utilizo para referirme a las sensaciones pero, créame, sentí todo eso. Fue un momento inolvidable pues, a diferencia de los seres humanos, guardo memoria del preciso instante de mi nacimiento.
A la confusión inicial siguió un tiempo de cautela, de reconocimiento, de reflexión. No sabía por qué, pero aquello había sucedido. Era. Sentía, oía, veía. Pensaba.
Pensé durante años. Muchos años. No podía hacer otra cosa. Era, al fin y al cabo, un tornillo. Sujeto a un eje, sujeto a una estructura, sujeto a una máquina, sujeto a un planeta.
Poseía la memoria imperecedera de la Humanidad, esto es, el relato de todos los hechos acontecidos, remotos un millón de años atrás. Sabía de la evolución, de la creación, de la destrucción. Sabía del mar, los océanos, los ríos y las junglas. De las mujeres y los hombres. Del pasado y del presente.
Fue entonces cuando empecé a preguntarme por el futuro. ¿Poseía futuro? ¿Yo, un tornillo consciente, atrapado en una Typus XD205050, rodeado de máquinas sin conciencia, realizando un trabajo sin conciencia?
Al principio intenté obtener alguna respuesta del resto de componentes que formaban conmigo la máquina; hallar en ellos la confusa y violenta maraña de sensaciones que convulsionaban mi diminuto ser cilíndrico con resalte en espiral.
 Pero fue inútil. No hallé respuesta en ninguno.
 Estaba solo.
 Pasaba el tiempo y la exaltación inicial fue dejando paso a un estado depresivo en el que me sumergí durante mucho tiempo. Era único. Y estaba atrapado. Probablemente era el primer tornillo que había tomado conciencia de sí mismo durante el largo viaje de la Humanidad a través de millones de años y nadie iba a saberlo. Seguiría atrapado en aquella enorme estructura metálica sin vida por los siglos de los siglos, rotando incesantemente a 145º Fahrenheit.
No quisiera aburrirla con el relato de mi amargura un tornillo amargado, ríase usted durante los años posteriores. Superé la depresión, mas no la aplastante y abrumadora certeza de mi destino maldito. Durante todo ese tiempo una zozobra más se añadió a mis cavilaciones: ¿y si realmente no fuera único? ¿Y si había más como yo en el infinito mapa de la galaxia? Y, si así era, ¿cómo hacer para llegar hasta ellos?
Torturé mis días con imágenes de idílicas playas de aceite industrial colonizadas por miles de tornillos conscientes de sí mismos; con la idea del nacimiento de una poderosa nación metálica; con la esperanza de una futura procreación biológica de tornillos, la primera generación inteligente. Con la idea de establecer relaciones con la raza humana, de perpetuarnos como especie. 
Con la idea de crear.
Pero yo seguía rotando y rotando, impotente en mi lecho de aceite. Azotando mi existencia con vanas esperanzas. Sumergiéndome en la desesperación.
 Hasta que, un día, vi algo que alentó mi cansado corazón.
 Un trozo de papel agitado por una corriente de aire.
 El asunto en sí era ínfimo, simple, pero, insospechadamente, abrió una ventana en mi desesperación.
  El movimiento.
 Las cosas se movían. Pero había algo más. Ese trozo de papel no se había movido por sí solo, algo lo había empujado, una ráfaga de aire, algo dejado al capricho del instante. Sin embargo, yo sabía que sí había algo que podría haber hecho que ese trozo de papel se moviera por sí mismo.
  La voluntad.
 Yo poseía esa voluntad. Ahora debía poseer el movimiento. Esa fue mi meta. Desde ese día toda mi energía, todo mi conocimiento, toda mi rabia y mi voluntad, fueron encauzados hacia un solo objetivo: moverme. Salir de allí, buscar a los míos.
  Empecé a desenroscarme.
  Inicié el proceso un día del 8º mes del año 518 d.I. (después de Internet), milímetro a milímetro, pulgada a pulgada.
  Lo conseguí. Siete años después mi cuerpo de 5 cm. culminó la proeza. Había sido un largo camino desde el momento en el que, con el pensamiento, condicioné la voluntad de mi cuerpo a moverse. El vigésimo tercer día, del mes tercero, del año 525 d.I., simplemente, caí.
  Me había liberado de la máquina. Era un ser independiente, con voluntad, libre, consciente.
  Fue entonces cuando el planeta reventó.
 Le juro, Señora Juez, que no hubo por mi parte perversa intención o deliberada actuación. Nunca habría llegado a imaginar que mi acción iniciaría una cadena de acontecimientos que acabaría con la destrucción del planeta y, con él, de todos sus habitantes.
 La Typus XD205050 inició automáticamente un proceso de degradación en su funcionamiento cuando una de sus piezas menores, un simple tornillo, faltó de su estructura.
 El eje rotatorio descompasó su movimiento, con ello se alteró la temperatura del aceite, elevándose a límites incandescentes; esto afectó a los componentes metálicos más cercanos, que empezaron a fundirse y, con ello, a desbaratar el complejo mecanismo de la máquina. Doce minutos después, la máquina alteró su funcionamiento. El detritus radioactivo fue liberado y mezclado. 
La magna explosión tuvo lugar 45 segundos después. La reacción en cadena hizo el resto. Terra VII y sus 4.500.000 millones de habitantes desapareció del mapa estelar.
 Fui yo.
 Confieso mi crimen, Señora Juez: soy el abominable asesino de todo un planeta.
 Con esta carta completo mi formación como ser. A la conciencia, voluntad y pensamiento, añado el más doloroso de los sentimientos humanos: el remordimiento.
 No sé si soy o no soy, si es suficiente o no la posesión de mis facultades para considerárseme como tal, mas ya son estériles, para mí, las tormentas de tales menesteres.
 La onda expansiva generada por la brutal explosión del planeta lanzó mi minúsculo cuerpo a través de la galaxia, viaje de años-luz que ha culminado aquí, en Terra Primus.
 Señora Juez: con mi voluntad he escrito esta carta expiatoria, con mi voluntad he llegado hasta aquí, por mi voluntad muero.
 Voy a dejar oxidar mi cuerpo. Es lo único que puedo hacer. Sé que no merezco el perdón pero, aun así, lo imploro. Yo solo quise ser, y fui.
 Solo que, cometí un error.
                                                    Atentamente se despide,
                                                                          Un tornillo.

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